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La cara positiva del aumento del coste de la energía

El volumen de capital riesgo invertido en “tecnología limpia” —conjunto de tecnologías que crearía una economía más “verde”— prácticamente se duplicó de 2005 a 2006, alcanzando cerca de 3.000 millones de dólares, de acuerdo con un estudio hecho por la Universidad de California, en Berkeley. Este tipo de cifras llevaron a algunos analistas a llamar la atención sobre el hecho de que la energía limpia estaría a punto de transformarse en una burbuja, cuyo final sería tan desastroso como el de la fiebre de las empresas pontocom y del sector inmobiliario.

 

Michael DeRosa, director-gerente de Element Partners, de Radnor, en Pensilvania, no piensa de esa forma. Como inversor de riesgo especializado en inversiones en tecnología limpia, él señala discrepancias significativas. A diferencia de muchas empresas pontocom, las compañías de tecnología limpia no dependen exclusivamente de tecnologías cuya eficacia no ha sido comprobada, o de formas de hacer negocios aún no probadas. En vez de eso, trabajan a menudo con versiones más novedosas de tecnologías, como la energía solar y eólica, que ya existen desde hace décadas, dijo DeRosa durante el reciente congreso de Wharton cuyo título fue “Tecnologías verdes: ganadores y perdedores”, patrocinado por el Centro William & Phyllis Mack de Innovación Tecnológica (William & Phyllis Mack Center for Technological Innovation). A diferencia también del aumento real de los precios de los bienes inmuebles, alimentados por los bajos tipos de interés y por un sistema de préstamos permisivo, el valor de las empresas limpias no está sujeto a factores que podrían desaparecer rápidamente. Por el contrario, está movido por fuerzas —aumento de los precios de la energía y del calentamiento global— que pueden durar décadas.

 

“El precio de la gasolina no para de subir”, mientras que las reservas de petróleo disminuyen justo cuando la demanda crece en China, India y en otras naciones en desarrollo, dijo. “El coste del combustible tiene consecuencias sobre numerosos sectores. Esto significa que los precios de las materias primas y de los alimentos también seguirán siendo altos”. Esos gravámenes elevados deben centrar la atención de los inversores, consumidores y gestores de políticas preocupados por encontrar medios que permitan la transición hacia una economía menos dependiente del combustible fósil. “La tecnología limpia no pide respeto sólo por el medio ambiente”, observó DeRosa. “La inversión en medios más económicos puede aliviar los precios y las presiones competitivas de los negocios”. Teóricamente, una empresa que paga menos por el combustible o por la electricidad podrá tener márgenes de beneficios más elevados.

 

DeRosa dijo que los inversores comienzan a emigrar a su campo de especialización. “Se invirtieron 3.900 millones de dólares en el sector en 2007 solamente en América del Norte, más del triple del montante invertido en 2002. El sector es actualmente el que más inversiones recibe después del segmento de tecnología de la información y de ciencias de la vida”. Él parece creer que las realidades económicas y medioambientales justifican el entusiasmo del inversor y que la demanda de tecnologías más limpias tendrá como resultado que numerosas compañías estables estén ansiosas de financiación. “Observamos un ritmo acelerado de constitución de empresas, así como un volumen mayor de flujo y de oportunidades de salida”, señaló. “El número de emprendedores y de ejecutivos expertos que comienzan a ocupar ese espacio es cada vez mayor”.

 

Además de eso, comentó, la discusión sobre una posible burbuja de tecnología limpia necesita ser puesta en perspectiva: “Si usted coge cada céntimo de capital riesgo invertido en la historia del segmento, llegará a un valor aproximado equivalente al ingreso de una semana de Exxon”. La compañía facturó 117.000 millones de dólares en el primer trimestre, lo que corresponde a 9.000 millones de dólares por semana. DeRosa calcula que el montante de inversiones en iniciativas de tecnología limpia en la última década fue de cerca de 10.000 millones de dólares.

 

La regulación es fundamental

La gran incertidumbre en relación a la tecnología limpia no tiene que ver con la materialización, o no, de ese mercado, dijo DeRosa. La gran duda es sobre su regulación. Los nuevos tipos de combustible y las nuevas formas de generación de electricidad dependen, a menudo, del apoyo del gobierno durante su desarrollo, y continuarán dependiendo de él durante las primeras etapas de comercialización. Pero la necesidad de obtener subsidios desaparecerá si los legisladores americanos y de otros países imponen algún tipo de impuesto sobre el carbono o si fijan un techo máximo de emisiones creando licencias de emisiones negociables (un sistema conocido como cap-and-trade), señaló DeRosa, añadiendo que una u otra medida haría competitivo el coste de las tecnologías limpias asociado a combustibles tradicionales, como el petróleo y el carbón.

 

Buena parte del entusiasmo actual en torno al sector de tecnología limpia proviene de los nuevos avances obtenidos con tecnologías emblemáticas como paneles fotovoltaicos y turbinas de viento. Sin embargo, las medidas rutinarias como el aumento de la eficiencia de las bombillas y de los aparatos domésticos, así como la mejora del aislamiento, podrán proporcionar retornos mayores a las inversiones realizadas a corto plazo. “La cuestión de la eficiencia será de enorme importancia”, dijo DeRosa. “Hay muchas cosas que se pueden hacer actualmente para reducir la emisión de carbono sin incurrir en grandes costes, y que se amortizan casi inmediatamente. Añadimos recientemente tres tecnologías de aislamiento a nuestra cartera”.

 

Govi Rao, presidente y consejero delegado de Lighting Science Group de Nueva York, también cree que los avances en las tecnologías del día a día, como es el caso de la iluminación, constituyen la fuente más prometedora de retornos rápidos — y ha sido en ese segmento donde decidió hacer carrera. “En Lighting Science, nuestro compromiso con el éxito está asociado a prácticas correctas. Aplicamos ese concepto a cada punto de iluminación”, dijo. La empresa de Rao trabaja con iluminación, inclusive con bombillas domésticas, con diodos emisores de luz, comúnmente conocidos como LED. Un LED es un semiconductor que produce luz cuando circula por él corriente eléctrica.

 

Actualmente, la mayor parte de la iluminación doméstica está hecha con bombillas incandescentes, del mismo tipo de las que inventó Thomas Edison hace más de 100 años. Son luminosas y baratas, pero también son poco eficientes. Una bombilla fluorescente compacta, que es la alternativa más común, produce un grado de luminosidad semejante, pero requiere comparativamente menos vatios y, a diferencia de las bombillas incandescentes, no genera calor innecesario. Las bombillas fluorescentes compactas cuestan, en principio, más que las incandescentes, pero duran mucho más. Por ese motivo, muchos ecologistas defienden su uso.

 

Rao, sin embargo, llama la atención sobre las desventajas de la luz fluorescente compacta. “Hay mercurio en las bombillas”, señaló. “Yo suelo llamarlas bombillas compactas de mercurio”. El mercurio, un metal pesado, es tóxico”. (El volumen de mercurio en bombillas fluorescentes compactas es muy bajo, por eso la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EEUU recomienda su utilización, destacando que la principal fuente de contaminación por mercurio en EEUU son las emisiones de las fábricas de energía).

 

Las bombillas de LED usan la misma cantidad de electricidad que las compactas fluorescentes. Además de eso, no contienen mercurio y duran de 12 a 15 años. Pero son caras. Lighting Science comercializa sus bombillas a 65 dólares cada una. “Las bombillas de LED corresponden a dos tercios de nuestro coste”, dijo Rao, añadiendo que esos costes deberán descender a medida que la industria vaya conquistando mayores economías de escala. Rao dijo que ya hay desarrollos prometedores en ese sentido: “Todas las bombillas de las calles de Nueva York están siendo cambiadas por bombillas de LED”. De acuerdo con The New York Times, la ciudad tiene cerca de 320.000 bombillas.

 

Otras ciudades de gran tamaño deberán seguir, en breve, el ejemplo “verde” de Nueva York, y con ello retrasar el calentamiento global impidiendo que se produzcan cambios climáticos más graves. “Tenemos que reducir los gases de efecto invernadero en un 90% hasta 2050 para mantener el aumento de la temperatura en sólo 2 grados centígrados”, dijo Rao. “Mucha gente cree que eso es imposible. Creo que podemos llegar a este objetivo, pero necesitamos comenzar hoy mismo. En Europa ya han comenzado —las luces se apagan cuando se sale de una habitación aunque usted no las apague-”.

 

Vanguardia europea

Los países europeos están por delante de las demás naciones del mundo en prácticamente todos los aspectos de la lucha contra el cambio climático. Cobran impuestos más elevados sobre la gasolina, y varios de estos países discuten el cobro de impuestos adicionales sobre las emisiones de carbono. Además de eso, muchos países de Europa asumieron compromisos serios en relación a la energía renovable. Alemania y España son dos de los mayores productores de energía eólica — y Alemania, a pesar de estar localizada en el norte de Europa, ha estado invirtiendo en energía solar. De acuerdo con Earth Policy Institute, un think tank especializado en el medio ambiente de Washington, D.C., Alemania fue líder del segmento de nuevas instalaciones solares durante buena parte de la década.

 

En los demás lugares de Europa, otros tipos de tecnología verde están llamando la atención. Empresas de Reino Unido están probando turbinas eólicas marítimas e incluso el uso de energía proporcionada por las olas, que recurre normalmente a boyas que generan electricidad a medida que suben y bajan al ritmo del océano. “Tal vez por el hecho de que estemos situados en una isla, damos preferencia a las turbinas marítimas y objetos que flotan en el agua”, dijo Christopher Tchen, socio de Carbon Limiting Technologies, empresa de consultoría y de inversiones situada en Londres.

 

La localización de las “granjas” de energía eólica en la costa litoral acaba con una de las objeciones más comunes respecto a ellas —que son feas— y les permite aprovechar la abundante brisa del océano. La energía de las olas, de igual modo, saca provecho de la agitación constante de las aguas del mar. Pero no hay tecnología que ofrezca un 100% de retorno garantizado. “El mar es un ambiente hostil”, señaló. “Cuando se está en el mar, es preciso pensar en cosas como la rapidez con que el equipo se deteriora, cómo se hará el mantenimiento y cuánto costará todo eso”.

 

Rao cree que otras partes del mundo seguirán en breve la estela de la vanguardia europea buscando reducir sus emisiones. Esta situación creará enormes oportunidades para algunas empresas y un gran peligro para otras. “El calentamiento global y la mayor conciencia ecológica están cambiando el paisaje”, dijo. “Existen empresas de gran tamaño que están paralizadas de miedo. Su estrategia es del tipo ‘esperar para ver y dejar que otro vaya por delante’. Para nosotros, esto está bien. Las puertas están abiertas, y hay una disputa muy intensa por las cuotas de mercado en el segmento de la iluminación y del control del sector”.

 

Tchen expresó un optimismo muy grande respecto a que las empresas establecidas se vuelvan “verdes” en breve, por lo menos por una cuestión de economía. “Un buen análisis de costes es lo que basta para atraerlas”, dijo. “Nos encontramos una vez con un fabricante de chocolates que dos tercios de sus costes estaban relacionados con la energía. Todo coste es un riesgo. El análisis de costes puede tener un impacto muy grande en el contexto empresarial”.

 

Mientras tanto, los gestores de políticas en Occidente tal vez tengan que dar un pequeño empujón a las empresas redefiniendo los derechos de propiedad, dijo Sidney G. Winter, profesor de Gestión de Wharton. “Los derechos de propiedad, tal y como son entendidos tradicionalmente, siempre tuvieron efectos positivos para nosotros, y no fue preciso asociarlos a responsabilidades de propiedad”. Por lo tanto, las personas, de modo general, no tuvieron que pagar por el coste ambiental de su comportamiento. Ellas disfrutan, por ejemplo, del derecho de ir en coche donde quieran en vías públicas sin necesidad de asumir la responsabilidad financiera de las emisiones de carbono de su vehículo. “Antiguamente, la capacidad de descartar basura era ilimitada”, añadió Winter. “Ahora, tenemos que institucionalizar el precio del lado “malo” juntamente con el precio del lado bueno. Tal vez la forma de hacerlo consista en recurrir al sistema de cap-and-trade ya mencionado. O quién sabe, la salida esté en el cobro de impuestos sobre el carbono”.

Fuente: Universia Knowledge Wharton

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